El color no es simplemente una propiedad de la luz o una franja del espectro visible. Para que el color exista, se necesita un ingrediente vital: un observador. Lo que percibimos como una explosión de matices es, en realidad, una coreografía orquestada por nuestro sistema nervioso, ese gran creador de imágenes.
Todo comienza en las neuronas, células especializadas que se comunican mediante impulsos electroquímicos llamados sinapsis. Cuando estas conexiones son intensas y frecuentes, crean redes neurales que, a su vez, dan forma a sistemas complejos. Uno de los más asombrosos es, sin duda, la visión.
La visión y la luz: del ojo al cerebro
La luz inicia su recorrido encontrándose con la córnea, para luego pasar por el iris —esa estructura que otorga el color físico a nuestros ojos—. El iris regula el tamaño de la pupila, dilatándose o contrayéndose para controlar la entrada de luz. Curiosamente, la ciencia ha demostrado que el tamaño de la pupila no solo reacciona a la iluminación, sino también a nuestra actividad mental y nuestras emociones.
Tras atravesar el cristalino, donde enfocamos objetos a distintas distancias, la luz llega a la retina. En este tejido posterior residen los fotorreceptores: conos y bastones. Poseemos genes que detectan tres colores específicos: rojo, verde y azul, razón por la cual los llamamos colores primarios de la luz. Aquí ocurre la magia: la información lumínica se traduce en impulsos nerviosos que viajan por el nervio óptico directamente hacia la corteza cerebral.
Percibir es crear
Percibir es, ante todo, una acción cognitiva. El significado de una imagen no se limita a sus datos sensoriales; no ocurre solo en el cerebro, sino que involucra al cuerpo como un todo. Somos, literalmente, los creadores de nuestra propia experiencia perceptiva.
Para «ver», el cerebro utiliza dos mecanismos esenciales:
Bottom-up (ascendente): Una red que captura las características físicas básicas: color, forma y textura.
Top-down (descendente): Aquí entran en juego nuestros conocimientos previos, expectativas y pensamientos. Estos elementos influyen sobre los estímulos, determinándolos o incluso alterándolos.
Como reza la máxima:
«Omne quod est superius est sicut quod est inferius» Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba. Lo que sabemos condiciona lo que vemos y viceversa.
Los colores no solo se ven, se sienten
El neurocientífico Antonio Damasio, en su obra El error de Descartes, explica que el sentimiento es una yuxtaposición de imágenes del cuerpo con una «imagen activante»: una visión, una melodía, un pensamiento. Damasio enfatiza que estas imágenes permanecen separadas neuralmente; no se funden, sino que coexisten.
¿No es este el mismo principio con el que percibimos el color? El color es una imagen activante captada por los sentidos y, al mismo tiempo, una imagen de nuestro mundo interior. Es un código tan antiguo como la humanidad, vital para nuestra supervivencia:
Distingue el día de la noche.
Controla nuestro ritmo circadiano.
Construye símbolos culturales: mientras en Occidente una novia viste de blanco, en Oriente el rojo es el color que celebra esa unión.
El color no está «ahí fuera»; es un diálogo constante entre la luz, tu biología y tu historia personal.
Ni la luz ni el ojo bastan para explicar el color: se necesita un observador. Analizamos cómo el cerebro procesa la realidad visual, el papel de las redes neurales y por qué, los colores no solo se ven, se sienten.
Las teorías de creación —desde el big banghasta el abrir de ojos—comparten un mismo hilo: movimiento. La mística oriental, alquimistas y cristianos denominan al movimiento, el «soplo de Dios». La leyenda dice: se hizo la luz y fue buena, Dios nos creó a su imagen, con polvo de la tierra y sopló sobre nuestras narices, aliento de vida.
El movimiento crea universos. Este es el universo de Catalina. Su viaje empieza entre las montañas de los Himalayas. Con una pregunta: «¿Qué color eres?». La pregunta queda suspendida en su mente, como una vibración que le atraviesa. «¿Color? ¿Qué es? ¿De dónde nace? ¿Cómo se compone aquello que sentimos, vemos y no vemos?»
El color es energía. Es la materia que vibra en todo lo que existe: en los cuerpos, en los pensamientos, en las emociones y en lo que intuimos sin comprender del todo. De hecho, estamos hechos de un 99.9999 % de energía. El resto es apenas una fracción de materia.
Todo está en movimiento, todo vibra, todo movimiento es energía
La energía visible es solo una mínima parte de un espectro inmenso: el espectro electromagnético. En esa escala interminable, una banda diminuta el espectro visible, son las únicas vibraciones que el ser humano puede ver, comúnmente conocidas como:
colores
El físico alquimista Isaac Newton lo comprendió al observar un rayo de luz en el experimento del prisma. Enfocó el rayo en una de las caras de un prisma triangular de cristal y vio como en otra cara, se dividió la luz en siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta.
Rojo: las imágenes de ‘afuera’
Estamos expuestos a millones de estímulos o ‘imágenes de afuera’: colores, formas y texturas, captadas por los sentidos. Su luz toca nuestros ojos, atraviesa la córnea, el iris [1], el cristalino, la retina… y allí, los conos y bastones detectan tres colores: rojo, verde y azul, los Prima Colorum, o ‘colores primarios’ de la luz. Cada color vibra con cierto tipo de energía.
Conoce cómo se crea la luz en el cerebro ➜
En la gran red, el hilo rojo nos enraíza, materializa y nos permite percibir.
Es vivir la experiencia Muladhara. Llevar sangre caliente corriendo por las venas. Poder relatarlo y a los tonos, las conversaciones, las esencias, los sabores y las texturas de la creación. Conectar con la cálida energía del planeta en el Cotopaxi, el Mediterráneo o Katmandú.
Vivir en rojo permite a Catalina conocer a Roque. Él es una fracción de sus imágenes conscientes. Muy pocas son atraídas por la consciencia, o —resuenan con el observador—.
Verde: las imágenes de ‘adentro’
Una antigua máxima reza:
«Omne superius
sicut inferius»
[todo lo de arriba es
como lo de abajo]
– Hermes Trismegisto,
alquimista
Entre la tierra roja y el cielo azul yace el verde del sentir: el puente que conecta y transforma. En la rueda verde Anahata se reconcilian lo físico y lo espiritual. Todo se percibe allí: el revoloteo de mariposas, el vacío en el estómago, la felicidad o la falta de aire.
El sentimiento, es la unión de las imágenes deadentro y de afuera. Procesa información del pasado, vibraciones del presente y vislumbres del futuro; atraviesa dimensiones y multiversos. De este archivo nace la ‘caja negra’ o mente[2].
Los colores no solo se ven, se sienten
Catalina piensa que cada mente es un filtro y que cada Uno teje la realidad que habita. Sin embargo, tras conocerla, Roque no logra recordarla. Ella nunca solía resonar con hombres como él: serio, sistemático, de pocas palabras, un Mr. Darcy, virgo. Meses después de conocerlo, sueña con él. ¿Qué significa esto Universo?, pregunta desconcertada.
Azul: las imágenes del ‘otro reino’
Los sueños, las ensoñaciones, las fantasías y la imaginación son imágenes inconscientes: hilos azules del chakra Ajna, del otro reino.
Catalina, la Tejedora, se sumerge en su interior. Entre páginas y códigos ocultos en la naturaleza encuentra a la alquimia, madre de la química; ante ella se revela el Opus Magnum. Descubre en la Gran Obra que el tiempo y el espacio se doblegan ante la fuerza del corazón, los anhelos y las pasiones del alma.
Reconoce el poder de la energía en los cinco elementos, en la danza de los planetas y en los laberintos que Jung trazó en la psicología transpersonal. El fuego la convierte en maga. Aprende:
Es Uno cuerpo y espíritu, somos Uno con el Universo. Por eso la magia funciona.
Integrar lo aprendido le abre las puertas al mundo nocturno: los déjà vues, los viajes más allá del tiempo y el espacio. El Universo le habla en sueños y mientras camina por la calle. Lo escucha en el soplo del viento y a través de los árboles con telepatía.
La Observadora
Catalina reconoce que las imágenes y los símbolos provienen de todas las dimensiones: del campo electromagnético, del aura, los chakras, los relatos y los cuentos — como este.
Y en su observación, lo que más la desconcierta es comprender que el color necesita de la —consciencia, la tejedora—, que opera detrás de su mirada: aquella que elige, ordena y archiva a las imágenes; que tiñe los hilos de la gran red de energía y los entrelaza con notas musicales en la magnífica armonía de las esferas.
Entonces la maga abandona el “piloto automático”. Descubre el despertar a través del color. Cumple su propósito. Expande su alma. Se sincroniza en este espacio, este tiempo y bajo esta alineación de estrellas.
Simplemente es.
[1] Es un filtro para las ondas: se dilata para recibirlas o se contrae para restringirlas, regulación también relacionada con las emociones. Redolar, Neurociencia Cognitiva, 260.
[2] A través de un proceso llamado sinapsis. Los estímulos crean en el interior de la persona cargas eléctricas y químicas a través de las neuronas o células nerviosas; cuando las cargas son intensas o frecuentes se crean redes de energía: el ‘Sistema Nervioso’.
Ni la luz ni el ojo bastan para explicar el color: se necesita un observador. Analizamos cómo el cerebro procesa la realidad visual, el papel de las redes neurales y por qué, los colores no solo se ven, se sienten.
¿Qué es el color? Descubre en Prima Colorum la fascinante conexión entre la energía física y el espíritu. Aprende cómo tu sistema nervioso decodifica el universo.
«Leí sus experiencias transmitidas de una manera tan fluida, genuina, humana y cercana. Leer Prima Colorum me ha dado tantas enseñanzas, despertar y calma.